miércoles, 23 de septiembre de 2020

Capítulo 5

La perla negra

"Cuando cerré los ojos, estaba en un barco pirata"

-¡Viento en popa y a toda vela!-Gritaba Jack

Yo me hallaba en un camarote bebiendo ron y compartiendo hazañas con la tripulación.
Surcando mares, saqueando aldeas, visitando burdeles y haciendo negocios con las prostitutas.
Me acostaba con hombres y con mujeres, no era dada a quejarme del tipo de carnes que se me ofrecía.

Pero, ¿Qué hacía Jack Sparrow ahí? ¿Por qué mi barco era la "Perla Negra"? La inocencia de Disney no pegaba en absoluto con mi lujurioso sueño.

Mis harapos dejaban los pechos al descubierto, llenos de sudor y mugre reseca que había de limpiar con la lengua.
Se hizo tarde en el camarote cuando Jack apareció con un apice de arrepentimiento en su cara.
Como si hubiese hecho algo de lo que sabe que se va a arrepentir.

-Dime, Jack. ¿Qué coño has hecho ahora?-Pregunto.
-¿Vas a seguir queriendome si te lo digo?

Río, curiosa.

Sin ninguna duda está borracho y se ha tomado todo el ron que quedaba en la bodega. Eso es lo que le ocurre, se arrepiente de haber dejado a media tripulación sin su bebida favorita.
Ahora tendríamos que cargar con hombres incontinentes, sedientos de alcohol y putas, farfullando por lo bajo que su capitán es gilipollas y trabajando a regañadientes.

-Ya lo sé.-Digo mientras me coloco el pelo tras la oreja.-Te has bebido las últimas botellas de ron y ahora vienes a suplicar que pida perdón por ti a tus hombres.

Se encoge de hombros.

-No, lo que quiero es que me consigas más ron para que no me tiren por la borda. O quizá sea eso lo que tu deseas, que yo muera para así poder hacerte la capitana de este barco.

-Quizá. 

-¿Quizá?

Asiento.

Me levanto delicadamente y paso un dedo por sus barbas descuidadas mientras siento su respiración jadeosa por mis manos.

-Tranquilo.-Digo.-No me interesa por el momento ser la capitana de este barco. No tengo ganas de acarrear con semejante responsabilidad.-Le doy un golpecito en la espalda.-Pero que no te quepa duda que si algún día lo veo conveniente, te mataría yo misma, con mis propias manos. No esperaría a que nadie te tirase por la borda.

Jack abre mucho los ojos y expulsa humo de la cabeza a la misma velocidad que fuego lanza un dragón.
Justo cuando se dispone a contestarme, uno de nuestros tripulantes entra al camarote. Muy nervioso, con la cara pálida e inexpresiva.

-¿Qué demonios te pasa?-Pregunta Jack.

-Nos han robado la pólvora.-Contesta el tripulante.-No queda nada y están a punto de atacarnos.

Abro la puerta tan rápido como puedo y corro hasta la cubierta. Jack me adelanta como un leopardo.

Nos encontramos a toda la tripulación peleando entre sí, y a unos cuantos hombres desangrados quiénes no logro percibir si están heridos o muertos.

Jack se sube a uno de los cañones y pega una voz que hace parar el enfrentamiento.
Todos sus hombres, avergonzados, agachan la cabeza y escuchan atentamente sabiendo que después de la charla venidera, tendrán su merecido castigo.
Agarro a Rober, nuestro contramaestre* y corremos a auxiliar a los heridos, con la suerte y la desgracia de que dos de ellos esán vivos, pero los otros dos están muertos.
Rober y yo nos miramos incrédulos, abrimos tanto la boca que se nos cae la mandíbula al suelo.

-¿Pero qué cojones ha pasado aquí?-Pregunto sin obtener respuesta.

-Tenéis hasta que anochezca (que será apróximadamente en quince minutos) para que alguno de vosotros cante como un pajarillo y me diga qué ha pasado en este barco. Si no obtengo respuesta hasta entonces, cogeré ese ancla, os ataré uno por uno a ella y os dejaré hundir al fondo del mar. Luego os veré flotar en descomposición, como carroña para los peces.-Dice Jack muy firme mientras mira a todos sus hombres.

El maestro de artillería* da un paso adelante, con los harapos hechos trizas y con un río de sangre surcando la mitad de su rostro.

-Capitán.-Comienza formalmente.-La pólvora ha debido robarla algún hombre de esta tripulación y, con mis debidos respetos, si usted hubiese estado más atento en lo que sucedía a cubierta en vez de preocuparse por cuánto ron quedaba en la bodega, quizá no habríamos llegado al extremo de matarnos los unos a los otros.

Jack se lleva una mano a la boca, avergonzado por el comentario.

-Luego hablaremos de eso último.-Contesta.-Primero cuéntame...¿Por qué crees que alguien aquí ha robado la pólvora? ¿Qué gana haciendo tremenda estupidez?

-Creemos, capitán, que el individuo que la ha robado, esta abasteciendo a otro barco pirata.

Me levanto y corro hasta el hombre.

-¿Nos estás diciendo que tenemos a una rata traidora en nuestro barco?-Pregunto.

Saco mi revólver del bolsillo trasero.

-Si oficial* y el barco enemigo que se nos aproxima es el suyo. Está doblemente abastecido, su pólvora más la nuestra.

Se me para el corazón y miro a Jack sin saber qué hacer.

sábado, 22 de agosto de 2020

Capítulo 4

Cena apocalíptica

                                  "Cuando cerré los ojos, no quedaba ni un amigo en la mesa"

No soy dada a pelear en persona, tiro mucho de mi infinita paciencia. 
En un pozo que tengo muy arrinconado en el alma es donde deshecho toda mi porquería mental.
Pero, siempre aprovecho en los sueños para escupir sandeces por la boca y, si es necesario, sacar un arma y disparar sin compasión.
Tengo un gran amigo que da fé de todos mis sueños. A cada cual más surrealista que el anterior.

Para no herir la sensibilidad de nadie, escribiré utilizando nombres falsos. Así como Eustaquio, Roberto, Mariana, Violeta, Pepita étc.
Por el consecuente, si te sientes identificado/a con alguno/a de los personajes y te das por aludido/a 

...

Jódete. Es sólo un sueño, ¿no?

Así pues, comencemos.

Todos mis amigos y yo estamos reunidos en una cena navideña, y el ambiente ya se notaba algo tensito desde que sentamos los culos en las sillas.
Quizá sea la navidad, que suele arrancar todo el rencor de las personas. Un año sin apenas contacto y de repente te juntas con conocidos y sonríes (o lloras) como si los echaras mucho de menos.
Hipocresía.
De repente, Rodolfo se levanta anclando los dos pies al suelo, como si no fuese a despegarlos nunca.
Rodolfo, bien entrado en carnes, medio calvo y asfixiado por el tabaco siempre da una charla motivacional para que empecemos el año con alegría e ilusión. Aunque él sabe que será exactamente el mismo año mugriento que el anterior.
Cuando él se sienta, otros se levantan y vuelven a dar un discurso parecido, que empieza a aburrir a la gente e incluso cabrearla.
En un turno se levanta Matilde, menudita y risueña, pasando por mi vera y sonriendo como si en un año no se me hubiese acabado la paciencia con ella.
Se me enciende la mecha y comienzo a parecer una olla a presión a punto de reventar.
¿Por qué me sonríe? ¿Qué te he hecho yo para que me sonrías? ¿Crees que yo voy a sonreír también? Ahora agararría tu cuello y apretaría...y apretaría, hasta que tus ojos quedaran vacíos de vida.

Después Esmeralda, explosiva y sin escrúpulos, casi igual que Matilde me da dos besos y me dice:

-¿Qué tal mi niña?

Tu niña de 20 años, que no tiene relación contigo desde hace meses porque eres una impresentable que la ha liado gorda, tiene unas ganas de darte una hostia que las que se reparten en misa se quedan cortas al lado de la mía.

Calmo mi ego y vuelvo a sentarme y a escuchar los increíbles discursos.

Giro la cabeza y me encuentro con la maravillosa sorpresa de que, Romualdo el barboso, está sentado detrás mía y que, como siempre, no tiene las santas pelotas divinas de decirme "hola". 
Me mira con ojos llenos de remordimiento porque sabe que es un inútil que no puede preocuparse ni de sí mismo.
Aunque pensándolo bien, ¿Para qué quiero que me saludes? ya me dejaste claro la importancia que le das a la vida en general.

Esperancito alza la voz, larguirucho y pálido, para decirme que vuelva a las andadas y esa noche dé yo otro discurso.
Porque, según él, siempre ando muy callada.

Está bien, hablaré.

-¿Queréis que hable yo?-Pregunto 

-Si.-Contestan sólo algunos.

-De acuerdo. Esperancito, siempre ando muy callada porque la mitad de las veces suele dejarme la gente sin palabras.-Suelto, bebo un sorbo de agua y sigo.-Me tenéis hasta las narices todos, ni si quiera sé qué hago aquí, me siento estúpida por haber venido. Y sobretodo llena de ira contenida. 
Lo primero, Matilde tú me odias, y no tienes valor de decírmelo. Antes prefieres sonreírme y hacer como si entre tú yo no pasara nada. Me cansas.
Esmeralda eres el demonio en persona, sabes muy bien cuando haces algo mal y te encanta. Disfrutas dañando a la gente.

Hago una pausa para observar la cara de la gente, que ha empezado a revolverse en sus asientos y a cuchichear mientras me miran.

-Así, así.-Digo.-Así sois todos, cuchicheando por lo bajo y sin tener la valentía de decir las cosas de frente.

Siento como una mano muy grande y muy áspera me dobla la cara de un guantazo.
Me arde la mejilla y eso incluso me excita.
En los sueños me encanta que me saquen de mis casillas.
Cuando abro los ojos despues de haber saboreado semejante golpe, miro fijamente a Esmeralda, que se está recogiendo la mano en una servilleta porque le duelen los nudillos.

-Qué pocos puñetazos has dado. Con lo blandita que es mi mejilla, ¿Cómo has podido hacerte tanto daño?

Le pongo la cara en su mano sana para que me dé otra y echa un paso atrás, asustada. Como si estuviese viendo a alguien que no conoce.

Una camamera pasa y, como si fuera Terminator, saca de entre sus ropajes una escopeta que me regala con una gran sonrisa.

Yo no entiendo de armas, no tengo ni puñetera idea de cómo se usa una escopeta y, pongo la mano en el fuego, que si en la vida real yo tengo que disparar un arma, soy capaz de apuntarme a mí misma y acabar todo en una desgracia.

Pero los sueños son así de increíbles y estoy altamente cualificada para combatir en una guerra.

Cargo la escopeta y empiezo a disparar  a todos y cada uno de los que se encuentran delante mía.

Una vez termino, la camarera y yo nos sentamos juntas en el bordillo de la entrada y hablamos de la vida mientras observamos los cadáveres.



Estela Murcia Gómez