sábado, 22 de agosto de 2020

Capítulo 4

Cena apocalíptica

                                  "Cuando cerré los ojos, no quedaba ni un amigo en la mesa"

No soy dada a pelear en persona, tiro mucho de mi infinita paciencia. 
En un pozo que tengo muy arrinconado en el alma es donde deshecho toda mi porquería mental.
Pero, siempre aprovecho en los sueños para escupir sandeces por la boca y, si es necesario, sacar un arma y disparar sin compasión.
Tengo un gran amigo que da fé de todos mis sueños. A cada cual más surrealista que el anterior.

Para no herir la sensibilidad de nadie, escribiré utilizando nombres falsos. Así como Eustaquio, Roberto, Mariana, Violeta, Pepita étc.
Por el consecuente, si te sientes identificado/a con alguno/a de los personajes y te das por aludido/a 

...

Jódete. Es sólo un sueño, ¿no?

Así pues, comencemos.

Todos mis amigos y yo estamos reunidos en una cena navideña, y el ambiente ya se notaba algo tensito desde que sentamos los culos en las sillas.
Quizá sea la navidad, que suele arrancar todo el rencor de las personas. Un año sin apenas contacto y de repente te juntas con conocidos y sonríes (o lloras) como si los echaras mucho de menos.
Hipocresía.
De repente, Rodolfo se levanta anclando los dos pies al suelo, como si no fuese a despegarlos nunca.
Rodolfo, bien entrado en carnes, medio calvo y asfixiado por el tabaco siempre da una charla motivacional para que empecemos el año con alegría e ilusión. Aunque él sabe que será exactamente el mismo año mugriento que el anterior.
Cuando él se sienta, otros se levantan y vuelven a dar un discurso parecido, que empieza a aburrir a la gente e incluso cabrearla.
En un turno se levanta Matilde, menudita y risueña, pasando por mi vera y sonriendo como si en un año no se me hubiese acabado la paciencia con ella.
Se me enciende la mecha y comienzo a parecer una olla a presión a punto de reventar.
¿Por qué me sonríe? ¿Qué te he hecho yo para que me sonrías? ¿Crees que yo voy a sonreír también? Ahora agararría tu cuello y apretaría...y apretaría, hasta que tus ojos quedaran vacíos de vida.

Después Esmeralda, explosiva y sin escrúpulos, casi igual que Matilde me da dos besos y me dice:

-¿Qué tal mi niña?

Tu niña de 20 años, que no tiene relación contigo desde hace meses porque eres una impresentable que la ha liado gorda, tiene unas ganas de darte una hostia que las que se reparten en misa se quedan cortas al lado de la mía.

Calmo mi ego y vuelvo a sentarme y a escuchar los increíbles discursos.

Giro la cabeza y me encuentro con la maravillosa sorpresa de que, Romualdo el barboso, está sentado detrás mía y que, como siempre, no tiene las santas pelotas divinas de decirme "hola". 
Me mira con ojos llenos de remordimiento porque sabe que es un inútil que no puede preocuparse ni de sí mismo.
Aunque pensándolo bien, ¿Para qué quiero que me saludes? ya me dejaste claro la importancia que le das a la vida en general.

Esperancito alza la voz, larguirucho y pálido, para decirme que vuelva a las andadas y esa noche dé yo otro discurso.
Porque, según él, siempre ando muy callada.

Está bien, hablaré.

-¿Queréis que hable yo?-Pregunto 

-Si.-Contestan sólo algunos.

-De acuerdo. Esperancito, siempre ando muy callada porque la mitad de las veces suele dejarme la gente sin palabras.-Suelto, bebo un sorbo de agua y sigo.-Me tenéis hasta las narices todos, ni si quiera sé qué hago aquí, me siento estúpida por haber venido. Y sobretodo llena de ira contenida. 
Lo primero, Matilde tú me odias, y no tienes valor de decírmelo. Antes prefieres sonreírme y hacer como si entre tú yo no pasara nada. Me cansas.
Esmeralda eres el demonio en persona, sabes muy bien cuando haces algo mal y te encanta. Disfrutas dañando a la gente.

Hago una pausa para observar la cara de la gente, que ha empezado a revolverse en sus asientos y a cuchichear mientras me miran.

-Así, así.-Digo.-Así sois todos, cuchicheando por lo bajo y sin tener la valentía de decir las cosas de frente.

Siento como una mano muy grande y muy áspera me dobla la cara de un guantazo.
Me arde la mejilla y eso incluso me excita.
En los sueños me encanta que me saquen de mis casillas.
Cuando abro los ojos despues de haber saboreado semejante golpe, miro fijamente a Esmeralda, que se está recogiendo la mano en una servilleta porque le duelen los nudillos.

-Qué pocos puñetazos has dado. Con lo blandita que es mi mejilla, ¿Cómo has podido hacerte tanto daño?

Le pongo la cara en su mano sana para que me dé otra y echa un paso atrás, asustada. Como si estuviese viendo a alguien que no conoce.

Una camamera pasa y, como si fuera Terminator, saca de entre sus ropajes una escopeta que me regala con una gran sonrisa.

Yo no entiendo de armas, no tengo ni puñetera idea de cómo se usa una escopeta y, pongo la mano en el fuego, que si en la vida real yo tengo que disparar un arma, soy capaz de apuntarme a mí misma y acabar todo en una desgracia.

Pero los sueños son así de increíbles y estoy altamente cualificada para combatir en una guerra.

Cargo la escopeta y empiezo a disparar  a todos y cada uno de los que se encuentran delante mía.

Una vez termino, la camarera y yo nos sentamos juntas en el bordillo de la entrada y hablamos de la vida mientras observamos los cadáveres.



Estela Murcia Gómez