martes, 1 de octubre de 2019

Capítulo 3

Maldito erotismo

"Cuando cerré los ojos, Javier ardía"


La casa era grande, resplandeciente, rodeada de la belleza de la ciudad de Granada ; revestida en piedra y con unas elegantes ventanas francesas, que dejaban a la imaginación lo que se hallara tras sus discretas cortinas color burdeos.
La puerta principal era rústica y con unos decorados tallados en madera de roble.
El porche lucía a sus laterales una fila de hermosos árboles magnolia, con sus características flores blancas.
Muchos de sus pétalos caían esparcidos por el suelo de la entrada, hasta llegar al felpudo.

Y he aquí lo único que no me encaja en toda esta disposición de elementos. 
El felpudo.
Por más que lo miraba no daba crédito. Se escapaba de mis labios una ligera sonrisa de adolescente y, a la vez, en mis ojos brillaba un desconcierto absoluto.
La voluptuosa forma de un hombre desnudo se dibujaba sobre el felpudo. Mientras, las finas manos de una mujer agarraban su miembro viril.

Y continuaba mirándolo como si tuviera delante oro puro.

No sé ni qué hacía allí, parada, delante de aquella majestuosa y extraña casa. Pero, si hasta allí había llegado, no daría marcha atrás.

La curiosidad mató al gato.

La puerta estaba abierta, como si la casa me quisiera a mí dentro de ella. Así que, sin más miramientos, entré.
Después de contemplar el interior, aluciné. Pues la organización era desordenada, nada que ver con el exterior. En el salón, una enorme alfombra de pelo rojo cubría todo el suelo y, sobre ella, un sofá cheslong de cuero negro, brillaba a la luz de las llamas de una chimenea también tallada en piedra.
Pero, todo lo demás era un desastre. Había envases y envoltorios de comida esparcidos por el suelo, un manchurrón de lo que parecía ser coca-cola arrebataba la elegancia de la alfombra. En la encimera de mármol de la cocina, una considerable capa de grasa se quedó pegada en mis manos.
Se me erizó el bello y fui corriendo al fregadero a lavármelas. Pero, para mi sorpresa, el agua ni si quiera fluía.

Aunque cualquier otra persona se habría dignado a salir sin mirar atrás, yo seguía queriendo estar dentro y descubrir más cosas. Aquel sitio me intrigaba y sentía un dolor reconfortante en el pecho que tenía que ver con el lugar. Pero no sabía explicar qué era exactamente.

Mientras trataba de buscar un trapo para limpiar mis manos, escuché una voz; la voz de un hombre que me resultaba muy familiar. Estaba discutiendo con alguien y parecía bastante encrespado.

-Conseguí esta casa para ti. 

-¿Para qué? ¡Me has vuelto a dejar solo en ella!-Gritó.

-Trabajo.-Respondió otra voz masculina.

-Y después de trabajar, te vas de putas. Por eso no vuelves.

-De eso no puedes quejarte, aquí recibes a muchas mujeres.

-No a la que yo quisiera.

-Eso no es culpa mía, tú la dejaste ir.

-Entonces, ¿Te marchas de nuevo?

-Cuando vuelva, que la casa esté limpia.-Dijo, frío y antipático.

Todo lo oí asomando la oreja en unas largas escaleras de madera. Lo único que sentía era el impulso de subir y entrar en aquella habitación donde se disputaba la pelea.
Comencé a subir los escalones, que crujían a cada paso que daba delatando mi presencia.

Cuando llegué a la segunda planta, me embelesó el pasillo; era largo, ancho, con un techo alto y abovedado. El suelo, también cubierto por una preciosa alfombra bordada a mano.
Cuando miré las paredes, volvió a asomar aquella sonrisa tonta al percatarme de que el mismo dibujo del felpudo, lucía en distintos marcos.
Al fondo del pasillo, una puerta abierta me alertaba de que dentro se encontrarían aquellos dos hombres discutiendo.
Avancé hasta llegar a ella y me detuve frente un hermoso espejo que se interpuso en mi camino.

Miré mi reflejo y me ruboricé.

Llevaba un apretado vestido rojo de encaje, palabra de honor, con un desvergonzado escote que mostraba mis mejores atributos. El corte por debajo de las rodillas dejaba ver mis lujuriosas y carnosas piernas.
Mi pelo cobrizo estaba suelto y desenfadado y, en los pies, calzaba unos zapatos negros de tacón de aguja que me realzaban aún más mis piernas.
Una pequeña y fina raya dibujaba mis ojos color avellana. Las mejillas, calientes y sonrojadas con un sutil colorete color melocotón que resaltaba el blanco de mi piel. Y, los labios, pintados de un color rojo frambuesa.

Cuanto más me veía, más me gustaba a mí misma. 

Parecía como si la mismísima casa me hubiera vestido.

La voz familiar de antes me sacó de aquel embrujo en el que me hallaba, posando su mano sobre mi hombro.
Pegué un respingo.

-¿Estela?

-¿Javier?-Contesté pasmada.

Nos miramos como si ambos miráramos a un fantasma, sin dar crédito el uno del otro.
No podía creer que fuera él, llevaba mucho sin verle y no imaginé encontrarlo aquí, en esta casa.

-¿Qué haces aquí?.-Me preguntó, serio.

-No lo sé. Estoy.

El dolor gratificante del pecho me apretó un poco más cuando pasé la ITV por todo su cuerpo. Apenas me acordaba de cómo era el hombre que tenía ante mí. Pero, al mirarlo de arriba a abajo, me acordé de aquel momento que apareció en mi vida por primera vez.
Con su desmelenada cabellera rubia casi rojiza, realzando la belleza de sus grandes ojos verdosos tan llenos de vida. Su larga y frondosa barba, escondía los labios más carnosos que mi boca jamás había probado.
Su complexión, fuerte y robusta, con anchos hombros y unos brazos apretados en mil tatuajes que hacían un contraste explosivo con su tonalidad de piel y ojos.
Recordé la vez que mis manos recorrieron ese torso y acabaron escondidas entre sus piernas.

-¡Eso es!-Pensé en voz alta.

-¿El qué?-Preguntó extrañado.

Señalé el dibujo erótico de los marcos.

-¿Los hiciste pensando en mí?

Y, en unos segundos, Javier ardía.

Me cogió por los brazos, me dio media vuelta y me empujó, insinuando que bajara las escaleras y me fuera por donde había venido.
Pero no podía, quería estar ahí.

-No se echan a las señoritas de esta casa.-Dijo la voz del otro hombre.

Me giré y lo vi, a su padre. El idiota de su padre.

-Os dejaré solos, tendréis muchas cosas que contaros.

Desapareció.

Javier y yo nos volvimos a mirar, esta vez, con cierta expresión de tristeza en nuestro rostro.
Me invitó a entrar en aquella habitación.

Cerró la puerta y nos sentamos cada uno en un extremo de una gran cama. Estuvimos en silencio durante un buen rato. Yo sabía lo que decía su silencio, "Me abandonaste" y es cierto, lo abandoné. Pero, en aquel momento de mi vida lo último que necesitaba era atarme a alguien que no me quería. 
Javier era un pícaro, un embaucador. Topé con él de casualidad, solicitando su ayuda porque estaba perdida. Hubo una atracción sexual desde el primer momento, tuvimos un par de noches divertidas y eso fue todo. Después me marché.

-No quieres a alguien hasta que lo pierdes. Y cuando te fuiste, descubrí que me hacías mucha falta.-Rompió el silencio.

Lo miré, no podía abandonar aquellos ojos que me observaban tan ardientes. Él me hablaba y yo no escuchaba, sólo repasaba sus tatuajes, su oreja que tanto me encantaba morder, aquel lunar debajo de ella que tanto me gustaba besar.
No sé por qué el sueño me llevaba hacia esa dirección. Pero me daba igual, lo estaba disfrutando.

-Yo lo único que veo es a un mujeriego moribundo, que vive de su padre y que trae mujeres todos los días a su impresionante casa. Querer, me quieres poco.

Sonrió, como si le diera igual que lo insultara.

-Y tú eres una de esas mujeres que ha llegado hasta mi "impresionante casa" vestida de manera que me está haciendo arder desde que te he visto posando delante del espejo. ¿Qué buscas? ¿Qué haces aquí?

Me quedé muda, no tenía contestación para eso. Pues no sabía por qué había llegado hasta la puerta de aquella casa y tampoco por qué iba así vestida. 
Al fin y al cabo, los sueños son surrealistas.

-Supongo que si he llegado hasta aquí sin darme cuenta...es porque te estaba buscando, igual que tú a mí.

De nuevo, se hizo un silencio que al principio parecía incómodo pero, después, el ambiente empezó a envolverme de nuevo el pecho. Aquel dolor volvió y con él otras sensaciones. Me temblaban los muslos de ver cómo me buscaba con la mirada, de ver cómo sonreía sabiendo que yo también quería lo que él quería. Se me tensó el cuerpo y perdí el control.
Entré en un frenesí indescriptible. Todo era muy real, tan real como mis mejillas y mis orejas ardiendo, tan real como mis pies deshaciéndose de sus zapatos y, tan real como sus manos bajando la cremallera de mi vestido lentamente. Haciendo interminable mi sufrimiento.
Me descontrolé. Me agarré de sus hombros y me puse encima suya.
Subió mi vestido por encima de mi ombligo, noté sus manos cálidas rozando mi cintura, recorriendo un escalofrío maravilloso toda mi espalda. Lo miré una vez más, perdidos completamente los dos en nuestros ojos, que lo decían todo sin decir nada.
Y mordí sus labios, muy bruta. Hizo una mueca de dolor pero, no tardó en devolvérmelo. Besé de nuevo su oreja y, de nuevo, su lunar.
Apretó fuertemente mis muslos mientras yo rozaba mis glúteos entre su despierta entrepierna.

Besándonos y descubriendo nuestros cuerpos nuevamente. Así sucedió el resto del tiempo que me mantuve dormida.

Cuando abrí los ojos, me maldije a mí misma y a mi cerebro.
Seamos sinceros.

¿Quién quiere despertarse de un sueño así?

Maldito erotismo.




Estela Murcia Gómez


























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