domingo, 29 de septiembre de 2019

Capítulo 2

Conductor Kamikaze

"Cuando cerré los ojos, papá se moría"

La muerte ha bañado muchas de mis pesadillas. Pero sólo se ha cobrado las vidas de aquellos a los que más quiero.

Mi padre es mi ejemplo a seguir. Él ha sido mis alas para volar con libertad, mi volante para conducir mi vida, mi coraje para no hundirme cuando fracaso, mis lágrimas para desahogarme en un mal día, mis risas para venirme arriba, mi alma para no ser una insensible y mi corazón para mantenerme viva.

Era de día y el sol brillaba con fuerza, incluso llegué a notar como me quemaba la piel muy ligeramente. Pero no me importaba, porque estaba sentada en aquel banquillo viendo a papá correr en el campo de rugby. Tenía las rodillas más fuertes que las de un chaval de 20 años. Corría con el balón para ser el que pusiera punto y final a aquel victorioso partido.
Noté una felicidad insaciable, un orgullo indescriptible. Casi me dolía la mandíbula por aquella sonrisa tonta que se dibujaba en mi rostro. 
El campo estaba vacío, nos encontrábamos los dos solos. Él como jugador y yo como espectadora. Pero aunque todo fuera una locura, yo me sentía radiante viendo a mi padre tan vital.

El rugby ha estado presente en mi vida desde que nací gracias a papá. Un deporte que no discrimina,que enseña la pasión, la perseverancia, salud mental y física. Y, además, una lección muy importante: "Puedes ser muy bueno en el campo. Pero, sin tu equipo detrás para apoyarte, no eres nada."
Algo que puedes aplicar en tu día a día.
Mi padre me enseñó a formar equipo con las personas que amo, para no sentirme vacía, para no sentir la soledad en los momentos difíciles. 

En ese momento, papá llegó hacia mí, soltando el balón y cogiéndome por las manos, como si aún tuviera cinco años y le diera miedo que cruzara la calle sola.

-¿Nos vamos a casa?-Me preguntó con una voz fría.

Asentí desconcertada. 

-Tu madre y tu abuela te han hecho arroz con leche, te están esperando.

No entendía por qué me decía eso. Como si él no fuera a comer, como si a él no lo estuvieran esperando.

Y sin decir nada más, nos montamos en la furgo, en su maldita y destartalada Ford.

Del campo de rugby a mi casa no había más que unos 15 minutos de camino en coche. Pero papá decidió conducir en un sentido distinto, un camino que duró más de una hora y con un destino aleatorio.
A medida que pasaba el tiempo, yo me sentía más tensa. Empezaba a tener miedo.

-¿A dónde vamos papá?-Pregunté al fin.

-Estela, ¿Tú me vas a echar de menos?

Me desabroché el cinturón rápidamente y posé mi mano sobre la suya, entendiendo cada vez un poco mejor el cometido de su misión.
Tragué saliva y empecé a llorar de la nada, sintiendo las mejillas frías de verdad.

-No te quites el cinturón, tú tienes que salir viva.-Me dijo, inexpresivo.

-Papá, no hagas tonterías y da media vuelta. Yo te echaría de menos, todos en casa te echaríamos de menos. ¿Qué haríamos sin ti? perderíamos al pilar, nos quedaríamos en la ruina. Ni un psicólogo pagaría todo el daño y el dolor que nos causaría tu ausencia.

Me miró ligeramente, giró el coche hacia la derecha en una intersección y todo lo que aparecía en mi vista no era más que campo y una carretera mal asfaltada.
Hacia delante el camino acababa en un enorme acantilado.
Grité ingenua, pensando que alguien por arte de magia me escucharía y con la mismísima fuerza de Hércules pararía la furgoneta en seco. Pero, la única respuesta que obtuve fue la de mi padre pisando fuerte el acelerador.
Me quedé pegada al asiento y me agarré a lo que pude.

-¡Para!-Grité sin respuesta.

-Tienes que sacar adelante mi empresa, no la abandones nunca por favor. Dale de comer al perro todos los días y cada fin de semana limpia la pecera de las pirañas.

-¡Papá, para el coche!

-¡Yo ya he vivido antes la muerte muy cerca! ¡Sé que me está esperando, Estela! Estoy viejo y ya no me quedan batallas que vencer.

Cerré los ojos muy fuerte hasta que dejé de escuchar el ruido del acelerador. El efecto de la gravedad era difícil de explicar. Sentía la furgoneta cayendo hacia abajo mientras mi cuerpo trataba de impulsarse hacia arriba.
Abrí la puerta y salí disparada hasta la pared del acantilado. Me dí fuertemente en la cabeza y, por un segundo, aún estando dormida sentí malestar.
No sé cómo conseguí hacer lo siguiente (supongo que así de surrealistas son los sueños) logré caer en una piedra que sobresalía.

Mientras, las últimas imágenes que vi antes de abrir los ojos fueron las de mi padre cayendo en picado con su vieja Ford  en un acantilado cuyo fin debía ser ni más ni menos que el infierno.

Cuando desperté sentí una tristeza infinita, se me partió el corazón como si de verdad hubiera perdido a papá. No lo llamé en la oscura noche para venir a calmarme porque no quería parecer la niña que dejé de ser hace años.
Perdí la oportunidad.

Quizá algún día cuando quiera llamarlo, ya no esté.

Te quiero papá.





Estela Murcia Gómez




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